Desde pequeño, según me cuentan mis papás, siempre fui un niño muy curioso. Me gustaba preguntar todo, querer entender cómo funcionaban las cosas y explorar lo que tenía a mi alrededor. Aunque me enfermaba con frecuencia, eso nunca apagó mi energía ni mis ganas de descubrir el mundo. Desde muy temprano me llamaban la atención los carritos y las motos; podía pasar horas jugando con ellos e imaginando que algún día tendría los míos y sabría cómo funcionaban por dentro. A medida que fui creciendo, aprendía muchas cosas rápido. Siempre conté con el apoyo incondicional de mis papás y de mi familia, quienes fueron un pilar fundamental en mi vida. Empecé mis estudios y logré completar todos mis grados de primaria. Aunque muchas veces me gustaba hacer las cosas a mi manera y no siempre prestaba toda la atención en clase, nunca descuidé mis estudios. Sabía que debía cumplir con esa responsabilidad. Con esfuerzo y dedicación logré graduarme del colegio siendo abanderado, algo que representó un orgullo muy grande para mí y para mis padres. Después de eso, llegó la pandemia, una etapa que cambió completamente mi vida. Las cosas se volvieron difíciles de un momento a otro. Perdí personas importantes y muchas de las cosas que me hacían feliz desaparecieron. Todo cambió de la noche a la mañana. Fue un tiempo duro, de mucha reflexión y adaptación. Más adelante entré a un nuevo colegio, donde todo era diferente. Nuevos compañeros, nuevos profesores, un ambiente distinto. Fue una etapa llena de cambios, aprendizajes y experiencias. Hubo días felices y también días tristes, pero cada momento me ayudó a crecer. Sin duda, fue una de las mejores etapas de mi vida porque aprendí no solo en lo académico, sino también en lo personal. Al terminar el ciclo básico, decidí sacar cursos de electrónica y robótica. Me gustaban mucho, pero en ese momento no sabía exactamente cómo aplicar todo lo que estaba aprendiendo ni hacia dónde dirigirlo. Poco después entré a la carrera, algo que ocurrió de forma inesperada y con poco tiempo para pensarlo. Otra vez todo cambió. Era un ambiente nuevo, diferente y al principio muy confuso. Sin embargo, tenía claro algo: no me iba a rendir. Sabía que todo mi esfuerzo también era para hacer sentir orgullosos a mis papás. El primer año fue totalmente distinto a todo lo que había vivido antes. Me sentía bien conmigo mismo, pero también sabía que no quería quedarme solo con eso. Quería expandirme, aprender algo más, superarme. Fue entonces cuando mi papá me compró una moto. Como era de esperarse, la arruinaba a cada rato porque quería experimentar, modificarla y entender cómo funcionaba. Eso me llevó a tomar la decisión de inscribirme en un curso de mecánica.